domingo, 20 de maio de 2018

20 años de la restauración de la iglesia de Santa Marta de Ortigueira

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Membros da comisión organizadora
e do equipo de restauracion

Ortigueira vivió con emoción aquella obra que nos reconciliaba con nuestra historia.

Dos nombres inolvidables: Luis Diéguez y Jacobo Castro, promotores del proyecto.



Verano de 1996. Domingo plomizo. Me lo había advertido mi amigo Adolfo de la Lama, perito en cielos, a primera hora: “Hoy no levanta hasta la tarde”. De modo que la misa de doce parecía patronal. Salí de los primeros, ya presintiendo el Galaripos en el paladar, cuando me salen al encuentro, en la escalinata, dos buenos compadres, Luis DiéguezJacobo Castro. Por sus caras, se diría que vinieran a ponerse las esposas:
- ¿Tú sabes cómo están los soportes traseros del retablo mayor, las pinturas… ?
Oí campanas acerca del mal estado de la policromía a causa de tantos años soportando el humo de las velas- respondí con vacilación.
De modo que allá nos fuimos los tres, cruzándonos con los fieles más rezagados, iglesia arriba. Un forastero nos tomaría, por nuestro paso decidido, por tres autoridades. En el altar mayor nos demoramos al menos media hora. Luis y Jacobo estaban sobreaviso del deterioro que presentaba la instalación: tablas rotas, arrumbadas; la acumulación de polvo ocultaba los estragos de la carcoma. La verdad es que encogía el alma ver aquello, en vísperas de ocasionar una tragedia: cualquier día, el altarmayor, la joya de la corona de nuestra iglesia, una de las piezas venerables de la diócesis, corría un serio peligro de derrumbamiento. Me dicen que llevan compartiendo con el párroco, don José Buide, la preocupación, tanto por la salud del corpus de madera del monumento como por la pátina renegrida –más bien broncínea u ocre- que había ensombrecido las imágenes y elementos decorativos.

Dos siglos de historia
Parte traseira da nave principal
da igrexa chea de andamios
Echamos mano entonces de la memoria. El complejo conventual dominico comenzó a levantarse en los primeros años del siglo XIV en el mismo emplazamiento del actual aunque con diferente orientación. Estaba ubicado, extramuros, junto a la Porta da Vila, el Camino Real y el puente levadizo bajo el que discurrían, conforme al sentido de las mareas, las aguas de la bahía y las de la ensenada de la Preguiza. Con ayuda del ayuntamiento, las donaciones de los notables del Condado y los privilegios económicos (renta de la lancha de Fornelos e impuesto sobre las descargas de sal en el puerto) se desenvolvió sin aprietos la vida monacal que, en el siglo XVII, tenía horas reservadas para clases de doctrina y de teología básica, como nos enseña Carlos Breixo. (En los siglos XIV y comienzos del XV, el convento recibió de don Pedro Galán y del notario Juan Yáñez donaciones generosas de propiedades ubicadas en Miñaño de Arriba y Miñaño de Abajo. Todavía hoy, las tierras llanas que se extienden en Miñaño entre la carretera de Circunvalación y la ribera conservan en escrituras, pese a las ya lejanas Exclaustración de 1835 y Desamortización de 1836, la denominación de “Leiras do Convento”).
Sabido es que el viejo convento sufrió un devastador incendio antes de 1729 (Julio Dávila), pero, según este ilustre historiador las obras de reconstrucción de la zona conventual no se iniciaron hasta 1748, en tanto que las de la iglesia adjunta se aplazaron a 1776, cuando se contrató para realizar la obra al maestro de construcción Blas de Barros y su hermano Domingo Antonio. La misa de consagración se ofició en 1793. En una columna del primer cuerpo del retablo aparece otro dato revelador: la pintura policromada del retablo, imágenes incluidas, data de 1859. Es decir, el sufrido retablo mayor soportó durante 140 años una desigual batalla contra la agresión ambiental.

Jacobo Castro e Luis Diéguez observando
a imaxe de San Antonio no adro da igrexa
con Antón Álvarez e María Jesús Rey
Comisión Organizadora
De aquel momento de estupor y preocupación salimos los integrantes del trío con el espíritu de los cruzados, resueltos a salvar nuestros “santos lugares”. Los ortigueireses comarcales y los santamarteses lugareños tenemos a nuestra iglesia y su conjunto monumental -sede del Ayuntamiento desde 1836- como el faro que nos guía y arco de bóveda que sostiene el pasado histórico desde aquel poblado fundacional del reinado de Alfonso XI, investido con el rango de Villa Real por privilegio (1255) del Rey Alfonso X El Sabio.
Al día siguiente ya habíamos concertado cita con don José Buide, en la Rectoral, frente a un rioja abacial y un jamón selecto. Ante una consabida complicidad de objetivos, pocas palabras. Y allí se constituyó la Comisión Organizadora de la Restauración de la Iglesia Parroquial de Ortigueira que, pocas fechas más tarde, era recibida por el alcalde, don Jesús Varela, desde ese momento investido como un entregado comisionado más.
Nos dimos toda la prisa posible. Había de tener dispuesto el documentos base antes del inicio del nuevo curso, cuando se cocinan los presupuestos oficiales. Se repartieron las tareas: capítulo de argumentación histórica y puesta en valor del monumento a cargo de Carlos Breixo, estudio previo de la restauradora lucense Blanca Besteiro sobre el “estado del arte”, presupuesto provisional, itinerario de la obra de albañilería, pintura y restauración artística propiamente dicha. Y, lo más arduo, la financiación: de un lado, las instituciones públicas (Concello, Diputación, Xunta de Galicia y Obispado) y por otro, el apoyo ciudadano.

Los ortigueireses, todos a una
De mi experiencia de aquella actuación en nuestra iglesia, ya en el olvido tantos y tantos gestos generosos de colaboradores anónimos, me quedo con la respuesta de los vecinos. No hizo falta salir a la calle; la calle vino a nosotros desde el momento en que la iniciativa fue difundida en La Voz de Ortigueira. No basta decir que del coste de la obra (alrededor de 30 millones de pesetas), la mitad fue aportada por los vecinos de las parroquias del Concello –no sólo la de Santa Marta- y no pocos ortigueireses residentes en el extranjero. Recuerdo aquella respuesta como una llamada a rebato, un vendaval de emociones: se trataba de salvar la iglesia de nuestros mayores, de nuestros nietos. Todos demostraron entenderlo así. 
Y, al frente de todo, día a día, hora a hora, durante un par de años, Luis yJacobo; Jacobo y Luis, sin reparar en viajes ni en contribución personal, incluida la económica, siempre rindiendo cuentas a don José, cuya sonrisa se agrandaba cuando, por fin, Blanca Besteiro y sus muchachos trepaban por el retablo e iban devolviendo a las imágenes su color primitivo. 
No olvidaré mi llegada a Ortigueira, ya con la obra terminada, pero toda una sorpresa para mí. Me reclamó la mirada el alto relieve de la Virgen del Rosario, patrona de la Orden de Predicadores, nuestros dominicos. Yo recordaba esa pieza con el color aceituna de toda la vida y se me reveló con los colores azul y rosa originales. Allí mismo entendí que aquella empresa de amigos valió la pena. Luis y Jacobo quedan, para mí y para siempre, en ese altar mayor.

Ramón Barro

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