xoves, 14 de febreiro de 2019

PROSAS APAIXONADAS, de Manuel López Foxo

Presentación de "Cómaros de mel e roas",
de Manuel López Foxo (1995)



Emulando a don Ramón Otero Pedrayo no libro dos amigos, López Foxo ven de recoller nun interesantísimo libro só para os amigos e amigas, unha escolma dos artigos publicados nos últimos anos en varias revistas e xornais dixitais galegos, xa que o libro non se vende en ningunha librería e abofé que moita xente desexa mercalo. Estamos pois ante unha «xoia literaria» ao alcance duns poucos afortunados.
Os artigos e semblanzas están escritos desde a paixón e admiración que o autor reflicte por personaxes da cultura galega tanto no eido político como literario. O libro consta de 239 páxinas, divididas en catro seccións: «A nación que soñamos», «Do que nos foi iluminando por dentro», «Desde a indignación» e «Alén Nós».

            Non sabemos en que apartado aprendemos máis ou que traballo nos conmove ata o infinito. Todos son didácticos e están escritos co corazón fervendo de paixón e amor a Galicia, pero dende logo o artigo titulado «Lingua de meu, materna, insbstituíbel, memoria común do meu pobo» é dunha poética excelente; así como o apunte do recordado Director de LVO, David Fojo Salgueiro ou o estudio pormenorizado da obra de Manuel María ou Álvaro Cunqueiro, a quen Foxo visitou en Vigo, levándolle unha cesta de mazás de ollo de San Claudio, cando o mindoniense xa case non podía ler nin escribir e valíase dunha lupa.

Entre os autores louvados figuran notables figuras da historia galega, como Otero Pedrayo, Ramón Piñeiro, Manuel María, Álvaro Cunqueiro, Xohana Torres, Valentín Paz Andrade, Xosé Manuel Beiras, Francisco Rodríguez, Moncho Reboiras, Xaime Bello, Pilar García Negro, Felipe Senén, Lois Diéguez, Avilés de Taramancos, Carvalho Calero, Cuevillas, Pilar Vázquez Cuesta, Novoneyra, Fernán Vello, Marta Dacosta, Pexegueiro, María Teresa León, José Luís Sampedro, a poesía de Medos Romero de alta calidade literaria, e o mencionado don David, entre outros. 


Un libro da altura das prosas apaixonadas axúdanos a descubrir unha Galicia que camiña —pasiño a pasiño— da man dos bos e xenerosos, transmitindo un amor inconmensurable pola terra que nos acubilla e nos engaiola cantando melancólicos fados coma o regato que leva memoria de seu na súa andaina cara ao mar e se perde soñando con momentos que tamén vivimos e que a memoria vai esmorecendo…
Bebemos auga na fonte da Pichoca, camiñamos cara a ribeira, convocamos a maxia de vivir neste xaneiro frío, nunha vella maciñeira canta unha pomba dourada, sobre a ría amada ollamos o «raio verde»… Non é o raio verde, é o Mago Merlín —enviado por don Álvaro— que vén voando cara nós no niño novo do vento e trae un libro ao que volveremos sempre.
Grazas.

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Ficha técnica do libro:
Manuel López Foxo. Prosas apaixonadas. Ed.: autor. A Coruña, 2018. 239 páxinas. Edición non venal.

Texto: Os paporroibos
Foto (Álvaro Fdez. Polo). Ano 1995. Presentación no Teatro de Beneficencia do libro de poesía de López Foxo: “Cómaros de mel e rosas”, que leva dous prólogos, un de José Luís Sampedro e outro de Manuel María.


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venres, 8 de febreiro de 2019

ORTIGUEIRA, ARANJUEZ Y J. LUIS SAMPEDRO





Se dice que la sensibilidad, en cotas en las que asoma el vértigo, puede llegar a embobar o alelar a la persona que la disfruta, incluso puede afectar, de forma temporal, claro, al raciocinio, y como apoyo a esa posibilidad podemos afirmar que todos hemos tenido nuestro pequeño momento sensible que nos clarifica con vehemencia el tan conocido Síndrome de Sthendal, situaciones que, una vez de regreso a la vida, no dudaríamos en repetir; por esta razón, cierta envidia nos invade hacia la persona que es capaz de saborear esa épica con mayor frecuencia, gente que disfruta de una piel y una mirada repletas de sensores que alertan de proximidades insospechadas, ajenas para el resto de mortales, pero para ellos llenas de sorprendente riqueza.
Una de esas personas agraciadas con ese don, aliñado y enriquecido, en este caso, con dosis generosas de observación aún infantil, de conversación gratificante, de humanidad aplicada a lo cotidiano, de simpleza vital y de compromiso efectivo y claro, sin ambages, con todos sus quehaceres es José Luis Sampedro; hablo en presente porque nos ha abandonado físicamente, pero su trabajo, su pensamiento y su narrativa está con nosotros, con ellos podemos seguir disfrutando de la ejercitada sabiduría de Sampedro en aquellas ocasiones, no pocas, en las que necesitamos de ella.
Cuando, en una de sus últimas entrevistas, le pidieron que hiciera una reflexión sobre la situación actual, su respuesta inmediata fue: esta crisis es una barbarie; o sea, sin necesidad de acudir a otras divagaciones con términos técnicos que tan solo consiguen endiosar a aquellos especialistas que hacen uso de ellos, ¿qué mejor manera de humanizar la Economía? En otra entrevista, en la que le pidieron que definiese al economista, la respuesta nos da la mejor idea de su calidad como persona y como humanista: algunos entienden la economía como el arte de hacer más ricos a los que ya lo son, otros como el medio para intentar hacer menos pobres a los necesitados.
Estos ejemplos nos confirman que Sampedro era, ante todo, un humanista comprometido, y esto no se puede llevar a la práctica sin altas dosis de observación y sensibilidad. Esta virtud, que le salía por los poros, tuvimos la oportunidad de disfrutarla en directo cuando nos visitó como ponente en la Universidad Popular en el verano de 1990. La impresión que le causó nuestra tierra y sus gentes fue tal que necesitaba de una cura que le aliviara de dichos efectos y, como buen escritor, la mejor medicina la encontró vertiendo sus observaciones en una de sus novelas, Real Sitio (1993), que junto a La sonrisa etrusca (1985) pasan por ser sus mejores obras de narrativa. En Real Sitio, además, Ortigueira puede presumir de compartir escenario con Aranjuez, de la que siempre dijo que había sido la ciudad en la que nació su amor por la literatura.
En la novela, a uno de sus principales personajes, Don Alonso Vázquez de Andrade, aposentador del rey Carlos IV, lo hace nacer en Ortigueira, al igual que a su ayudante Roque, incluso consideró necesario recurrir a un personaje, Lucas, un buen relojero nacido en Ladrido que, como no podía ser de otra manera, había aprendido el oficio con nuestro conocido paisano Xavier Méndez Neira, el cura relojero de dicha parroquia ortegana.

En una conversación, quizás anecdótica e intrascendente para el común de los mortales, en la cual se habló del naranjo impúdico del Pazo de Brandaliz, Sampedro no dudó en recoger el testigo y trasplantar dicho naranjo a los Jardines del Palacio del Real Sitio, donde el jardinero real también tuvo sus más y sus menos con las autoridades eclesiásticas de la época.
Es interesante, también, recrearnos con las continuas alusiones a nuestros paisajes, los cuales impregnaron para siempre sus pupilas. En la novela aparece un cuadro, motivo sobre el que cavilará a lo largo de la novela la otra protagonista, Marta (¿casual el nombre?), que resulta ser un retrato de Don Alonso asomado a una ventana mirando al mar, y en el cristal de la ventana un blasón:
tres agudos picachos negros sobre las aguas y en sus cimas sendas ramitas con hojas verdes. Don Alonso, a los sesenta años, quiere regresar a su tierra a vivir donde la verdad no cambia, la mar de Ortegal; y así define, también Don Alonso, aquellas bellezas más amadas: la ría, con su dulce colmarse y vaciarse según la marea, como un latido cotidiano de la mar; la braveza de los farallones del ortegal, el ímpetu del viento, el vuelo de las gaviotas sobre la verdura de los prados… En 1808, año de la guerra con los franceses, Don Alonso ya está retirado en Ortigueira donde la ría semeja un lago de montañas entre alturas cubiertas de robles y castaños y en la orilla opuesta, el apretado casería de Santa Marta despliega sus viviendas de piedra con oscuros tejados de pizarra.Dice nuestro protagonista: me he salvado de aquel mundo, vivo en otro, esta paz, esta armonía, nosotros sobre la tierra con la mar y el cielo, tanta hermosura alrededor… A su hija, como no, le puso por nombre Marta y, como colofón, en el último párrafo, también nos utiliza y, así, su mujer comenta, pensando en su marido: … no hay que cruzar el Océano, aquí empieza un mundo nuevo, hecho para hombres como tú, para hombres de mar y amor.
Esta novela, según sus palabras, necesitó de cincuenta años desde que inició sus bosquejos hasta que se publicó en 1993, es, por lo tanto, doblemente gratificante para los ortigueireses que tan sólo cinco días que pasó entre nosotros, en 1990, a falta de tres años para su publicación, le fueran suficientes para decidirse a incluir personajes, cambiar párrafos, diseñar tramas, e incluso añadir un final que nos enorgullece. Para llevar a cabo esta labor Sampedro contó, y así lo hizo saber y agradecer, en más de una ocasión, con la inestimable ayuda de Obdulia Dopico, Maricruz Sabio y, sobre todo, Charo Suárez, con la cual mantuvo correspondencia de cara a llevar a buen fin su trabajo, siempre meticuloso y documentado.
Todo esto no hizo más que nacer en mí una deuda que todos los ortigueireses teníamos con el escritor, y la oportunidad se saldarla surgió cuando la “Asociación de amigos de José Luis Sampedro”, de la cual soy componente, organizó una visita al Real Sitio de la novela, al Aranjuez de la época. El pasado 24 de noviembre, este grupo de amigos, con la impagable compañía de la que fuera su mujer, Olga Lucas, realizamos un inolvidable recorrido que dio comienzo en los jardines y alrededores del Palacio, donde revivimos el Aranjuez de 1808, para después adentrarnos en las calles del Aranjuez prerepublicano de 1931.

En numerosas ocasiones he visitado Aranjuez a raíz de mi época estudiantil en Madrid, pero poder ver a esta ciudad con los ojos de Sampedro, dotarlo de la magia que solo él supo crear a través de sus “círculos del tiempo” es aproximarse, sin conseguir, claro, su perfección, al inalcanzable mundo sensorial que el intentó transmitirnos. Así fue como en una mañana otoñal y soleada, allí donde para el más común de los humanos existía un jardín dieciochesco, sin más, nosotros pudimos ir más allá y apreciar como “el sol se filtra entre las hojas y proyecta sobre la tierra movedizas manchas de luz”; y aunque la primavera quedaba ya lejana, nos ha sido fácil imaginar como “las primeras flores de los magnolios apuntan su delicada blancura entre las charoladas hojas verdes con envés tostado”; las calles de Aranjuez estaban transitadas por “calesas, tartanas, birlochos y góndolas”, y los viandantes se enfundaban en “miriñaques y levitas”, así como eran portadores de “las imprescindibles pelucas y los comunicativos abanicos”; incluso en el histórico Restaurante Rana Verde, flanqueando el Puente de Barcas, los restos de una simple naranjada “se tornan, en el ocaso, un bello topacio”; tan solo nos faltó escuchar el habla de los gancheros dando las órdenes oportunas para domesticar a los troncos en su viaje a lo largo del Tajo, pero desde el parterre, tan utilizado en la novela, pudimos observar cómo eran capaces de“entarimar” el río a la altura de la presa allí existente.
Con esta visita al lugar donde Sampedro nació a la adolescencia y como escritor, y con estas letras, intento agradecer, que no pagar, el cariño que él supo demostrarnos; la mejor evidencia de esto último la tenemos en la respuesta que le dio a un periodista al preguntarle qué opinaba de la muerte, pues cuando uno se supone que se sobrecoge ante lo desconocido y le deben de venir a la mente las ideas y reflexiones que más le impactaron, Sampedro responde, sin dudarlo: “debe de ser como un río cuando se acerca lenta y mansamente al mar, y me estoy acordando de Santa Marta de Ortigueira.”
Sería interminable todo lo que se podría decir de un hombre que, cuando adivinó su inmediato final, le pidió a su mujer un Campari y, después de tomárselo se limitó a decir: muchas gracias a todos para, segundos después, cerrar los ojos para siempre. Se fue, por lo tanto, plácidamente, pero también apesadumbrado por no haber podido hacer algo más por esta barbarie en la que estamos instalados como consecuencia de una economía mal entendida, donde el consumo como la única razón de vivir y el lucro, consiguen hacer más profundas e insalvables las zanjas que separan las diferencias sociales; pero los ortigueireses, sin duda, podemos agradecerle que halla situado en el mapa a nuestra tierra de la cual se enamoró y, según sus propias palabras, si no fuera por amor, ¿cómo podría existir nada?.
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Texto: José Manuel Bouzamayor

martes, 29 de xaneiro de 2019

Presentación do libro "Loiba na memoria"


A Vía Láctea desde Loiba. (Foto: Álvaro F. Polo)












Coincidindo polo Nadal presentouse en Loiba un libro escrito por Lela Castelo Santaballa, que fai o número catro da colección Ortegal, libros publicados pola editorial lucense Axac. 
A autora naceu en Loiba no ano 1951, estudou Maxisterio e Filoloxía Galego-portuguesa en Santiago e desempeñou o seu labor docente en varias vilas galegas, maioritariamente no IES das Pontes, onde tamén rexentou unha tenda de artesanía.  
Con este libro —Loiba na memoria— quere facer unha homenaxe á xente da súa terra, aos lugares onde pasou a súa infancia e adolescencia, onde aprendeu a gozar da natureza que agora verte nos «Meus inacabados poemas», onde canta a bravura do mar do Picón, á liberdade e á tranquilidade que agora respira no seu tempo de lecer de xubilada, dun baile eterno na danza das ondas, dun mar de millo e das evocacións das hedras que abrazan as pedras das casas vellas e do vento toleirón que esculpe fiestras nas rochas… 
Imaxe da autora do libro
O fermoso libro consta de 117 páxinas, con fotografías e ilustracións da propia autora e de Ana García del Burgo. O prólogo, escrito por Alberto Vera, un mestre artesán e amigo que habita en Penavide (Devesos), evoca ese mundo tradicional que se vai perdendo, o da artesanía, que moitas veces compartiu coa autora, e desa arquitectura popular e restauración de casas vellas na aldea.

No limiar —xa da propia autora— Lela di que o libro naceu para transmitir o que viviu de nena e o que lle contaron os veciños, para que non esquezamos nunca a historia de mestres e persoas anónimas que loitaron por facer de Loiba —unha das parroquias máis poboadas do concello de Ortigueira naqueles tempos— un mundo mellor. 
Damos conta do índice, onde se debulla o libro que da comezo cunha breve historia de Loiba, xeografía, comunicacións, ensino, lendas, mitos e crenzas, economía, oficios, feiras, traballos de mulleres, festas, vida social e cultural, pesca da barbada, topónimos e un achegamento ao mundo do celuloide, que se iniciou no ano 1996 cunha película do grupo La Cuadrilla, «Matías, juez de línea» e que seguiu con «Hotel Danubio» e a tan premiada «Crebinski» e a súa vaca Muchka, do director ortigueirés Enrique Otero, entre outras. 
Igrexa de Loiba. (Foto: Galicia Ártabra Digital)
Benvido sexa pois este interesantísimo libro que forma parte da nosa historia como país e tomamos nota para que sirva de exemplo a tódalas parroquias do Concello, animando a quen proceda, a deixar por escrito a vida dun tempo que se vai perdendo…  
Parabéns, Lela! polas sensacións que nos deixas dos tempos idos e por falarnos dun mundo que esmorece. 


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Publicado no semanario La Voz de Ortigueira, 11.01.19
Texto: Luli Dopico
Foto: Álvaro Fdez. Polo: A Vía Láctea desde a costa de Loiba
   

venres, 25 de xaneiro de 2019

Roteiro "Lendas da Faladora" no Monte Caxado, organizado por Terras do Ortegal, que reforza a súa Directiva.

Cristo da Faladora (Foto: Ana Durán Penabad



Dando comezo ao ano 2019, a Directiva de Terras do Ortegal celebrou o pasado 21 de xaneiro unha reunión. Na mesma tratáronse, entre outros estes asuntos:


1. Próximo roteiro "LENDAS DA FALADORA" polo monte Caxado, en colaboración coa empresa Roteiros
2. Reforzo da Directiva de TERRAS coa incorporación de Toñi Girón.

Roteiro "LENDAS DA FALADORA"
Aceptando a proposta de Dolores Rubido, da empresa ortigueresa Roteiros, a nosa asociación anuncia a celebración dun roteiro polo antigo Camiño dos Arrieiros (que ía das Pontes a Bares), en concreto pola súa parte central, no alto do Monte cxado, e que terá as seguintes características:
- Data: 23 de febreiro, sábado
- Recorrido: 5 km, accesible a calquer persoa, saíndo do alto da Serra da Faladora, e volvendo ao mesmo sitio
- Duración prevista: de 12.00 h a 13.30
- Guía: Dolores Rubido
- Temas a tratar: Xeografía, camiños milenarios, xeoloxía, megalitismo e lendas,
O roteiro finalizará cunha comida en Casa Urbano, nas Grañas do Sor (de 14.00 a 16.00 h)
Inscrición (inclúe comida) no teléfono: 678 910 082
-  Socios/as --> 15 euros
- Non socios/as --> 18 euros

Reforzo da Directiva de TERRAS
Á vista do alto número de actividades que ven desenvolvendo a asociación, considerou oportuno ampliar a Xunta Directiva; dacordo co artigo 12.5 dos Estatutos, invitouse a Toñi Girón, socia de número, a integrarse na mesma, o que aceptou; esta integración será sometida a ratificación na próxima Asemblea Xeral.

Toñi Girón é docente no IES de Ortigueira, e persoa ligada ao mundo cultural desde hai tempo, con habilidades no campo editorial e probadas capacidades organizativas. Como primeira tarefa está afrontando co resto da Directiva a posta en marcha dunha programación das actividades de Terras do Ortegal para 2019, ano no que a asociación cumpre 5 anos de existencia, e que será especialmente intensa.

Desde modo a Directiva queda conformada da seguinte maneira:
Presidente: Xosé Mª Torres Bouza
Vicepresidente e Tesoureiro: José Manuel Bouzamayor Riola
Secretario: Francisco Calvin Fondevila
Vogal1º: Vanesa Trevin Pita
Vogal 2º: Rafael Rodríguez Teijeiro
Vogal 3º: Francisco Javier Martínez Prieto
Vogal 4ª: Toñi Girón Martínez






mércores, 16 de xaneiro de 2019

Exposición de pintura en Cedeira: Estilos II


Diego P. Dopico, María Xosé Rodrígez (concelleira
de Cultura de Cedeira) e Vicente Rodríguez
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Tres de xaneiro, anoitecía en Cedeira, ía un frío glacial que animaba a xuntarse para respirar a calor humana que desprendían as persoas que agardaban impacientes a apertura da exposición de dous artistas ortigueireses, Vicente Rodríguez e Diego Pérez Dopico, que tiña lugar no Palacete municipal, un fermoso edificio do século XIX rehabilitado polo concello de Cedeira.

Cando a trompeta de Cristopher, cal heraldo anunciador do evento, interpretou as queridas notas do noso Himno Galego e os presentes estalaron en aplausos, entramos expectantes no Palacete para admirar o traballo dos dous amigos pintores que no seu día fundaron Galioart para dar a coñecer o traballo de moita xente involucrada no mundo artístico.
Nunha primeira ollada aos cadros de Vicente percibimos a minuciosidade do seu pincel, a figura engaiolante da nena sempre presente, as paisaxes realistas coas cores apropiadas, en definitiva, unha obra con personalidade propia e selo inconfundible do pintor de Cuíña.
A obra de Diego, que na actualidade firma os seus cadros co pseudónimo de J. Peak, é máis dispersa en matices, abrangue paisaxes coñecidas que non só pinta coa man, senón que emprega toda unha estratexia da paleta na súa cabeza para chegar ao celme do espectador, as alegorías enchen os lenzos e destilan a inquedanza dun mozo con espírito creador.
Os pintores agradeceron o recoñecemento e boa acollida por parte do concello de Cedeira e da concellería de Cultura, polas facilidades amosadas e bo trato recibido. Agradeceron tamén a presenza dos amigos e veciños que quixeron compartir con eles una noite máxica.
Os artistas co pintor Sergey Sozonov
e o fotógrafo José Manuel Giz
A exposición poderá verse no Palacete de Cedeira durante o mes de xaneiro. Merece a pena pasar por alí e disfrutar dos cadros ollando os vieiros que utilizan os artistas para achegarnos a un mundo diferente: Ás veces idílico, ás veces perturbador... Dous estilos. Parabéns!.

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Texto: Luli Dopico
Fotos: Álvaro F. Polo

domingo, 30 de decembro de 2018

Os pesadelos de Antón. Conto para tempos de ilusión.

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Son Antón, un raparigo de pouco máis de oito anos, de pelo crecho, poucos folgos e contados amigos. Vivo coa miña familia nunha casiña de pedra que semella unha caixa de zapatos cuberta cunha pucha, afundida nunha fraga atravesada por un pequeno regato no que recollemos a auga para as nosas necesidades máis básicas. Durmo a rentes de miña irmá Ledicia, nun cuarto ben pequecho con paredes de madeira que nalgún tempo tiveron cor e agora viraron esbrancuxadas. Durmimos en dúas camas estreitas separadas por unha pequecha mesiña de castiñeiro que fixera o noso avó, sabe Deus cando.

Deitabamos cedo, a luz eléctrica non sabemos como é na nosa aldea e temos que valernos de candís ou velas ata que encartamos os nosos corpiños debaixo das mantas. Enriba da mesiña de noite pousamos con moito mimo un orixinal transistor que nos trouxera o noso tío Herculano dunha das súas viaxes polo estranxeiro. Funcionaba con pilas e del saían máis ruídos cá palabras. Porén, preto da medianoite eramos quen de escoitar nidiamente algúns daqueles programas noitébregos que ofrecían compaña e remedio á soidade dos seus seareiros.

Sempre rifabamos polo mesmo, pola maldita radio. Cada quen tiraba por aquel misterioso aparello para a súa almofada. Os dous gustabamos daquelas historias e no meu caso, aquelas confesións xeralmente de ton desventurado axudábame a enfiar o sono que case sempre remataba nunha fábula medorenta que aniñaba no meu caletre ata ben cerca do amencer. 

Ledicia, máis espelida ca min, empregaba os métodos máis sofisticados para acabar todas as noites privándome do final daquelas historias radiofónicas. Se berraba quedaba coma un mexeriqueiro e se me rebelaba non tiña nada que facer fronte á aqueles brazos fortes coma buxos de miña irmá. Xa que logo, a meirande parte das noites remataba durmindo entre os saloucos producidos pola miña asma e a perrencha que me supoñía perderme aqueles chismes dos adultos. 

Ledicia era unha rapaza traballadora que participaba da vida labrega sen ningún espavento nin escrúpulo. Desde ben noviña era quen de manexar con donaire o sacho, a gadaña e o fouciño. Eu, pola miña idade e sobre todo polo enfermizo que saín, abondábame con alindar as dúas vacas que tiñamos ou facer algún que outro mandado á tenda, ou á casa dalgún parente ou veciño. Ás veces axudaba á miña nai a cocer o pan; xuntándolle a leña ou repañando os garamallos que empregaba para barrer o forno cando estaba xa ben quente. Como premio, ás veces, facíame unha bóla de manteiga e azucre. Tamén axudaba nas misas dos domingos. Daquel emprego lembro as propinas que me daba o crego especialmente no tempo de defuntos, por apuntar nuns anaquiños de papel os responsos que a veciñanza pagaba e encargaba ao crego para que logo recitara no cemiterio. Ás veces tamén traía para a casa algúns cachos de obleas que non precisaba.

Pola contra, miña irmá fachendeaba con aquela forza descomunal que desprendían os seus brazos nas labores da labranza e que lle permitían sacar adiante o traballo que os nosos pais, xa anciáns, non daban feito. A afouteza con que enfrontaba as máis variadas faenas permitíalle desfrutar antes cós demais do tempo de lecer, do que apreixaba cada minuto con auténtica paixón. 

Aquela actitude tan positiva seríalle recompensada pola súa madriña Xenerosa cun agasallo tan orixinal coma inesperado: unha espléndida bicicleta, de marca BH e cor azul. Tiña o cadro curvado para que mesmo puidese pedalear con saias. Lembro como meu pai lle ensinou, agarrándoa polo asento, a dar os primeiros paseos pola corredoira que tiñamos diante da casa. Non tardou en soltarse. Aquel xenio que movía o motor da súa vida tamén lle serviu para superar o novo adestramento, nun abrir e pechar de ollos. En menos dunha semana xa estaba desprazándose autonomamente ata a vila máis próxima na procura doutras diversións e doutras amizades. As súas longas pernas e aquel corpo tan ben feito dábanlle unha chularía case obscena. 

A min tíñame abraiado aqueles rápidos avances na súa aprendizaxe, pero tamén preocupado polo seu desmesurado atrevemento que, efectivamente, axiña se convertería no primeiro desacougo familiar. Ocorreu un domingo, a finais do verán, nunha daquelas viaxes festeiras que facía ata a vila. Cando o sol ía desmaiando, acostumaba a volver á casa retorcendo a súa graciosa figura enriba da súa prezada bicicleta. Pero ese domingo non volveu á hora acordada.

Mamá dispuxo a mesa para cear falando entre os dentes, pola preocupación e polas sospeitas de que a nosa Ledicia atopara unha amizade perigosa naqueles paseos dominicais pola alameda vilega. Meu pai, home de poucas palabras, leaba con parsimonia un cigarro con aquel tabaco de picadura que sacaba con mimo dun paquete cadrado de ton verdoso cun debuxo enorme dunha aguia, que el chamaba Cuarterón. Aparentaba calma porque tiña toda a confianza posta na súa pequena, pero a preocupación comíalle o corazón.
A noite botou o seu pano mouro enriba da aldea e coa mesma decidimos saír na súa procura. Miña nai levaba un candil nunha man e un caxato na outra, meu pai alumeaba diante cunha vella lanterna de gas e eu seguía os seus aloucados pasos apoiado nun pequecho bastón que fora de meu avó, o indiano. 

Papá, despois de botar a chave á porta, dixo solemnemente:


      - Hai que ir buscala. Hóubeselle facer de noite sen decatarse.
      - Ti sempre defendendo a esa tarambaina da túa filla, contestou mamá.
      - Cala muller!. Un descoido teno calquera. Estaría paseando e botouse a noite enriba e     


agora ten que vir empurrando a bicicleta porque non ve ben o camiño.
     - Non ve!. Nin oe!. Nin fai caso a ninguén, volveu a rosmar miña nai.


Eu, calado coma un defunto, pechaba aquela familiar confraría, morto de medo por se se achegaba algún can, ou calquera outro bicho dos que aniñaban na miña aloucada mente infantil. Camiñaba de présa detrás de meus pais envoltos nun sixilo case fantasmagórico. Só se escoitaban os ruídos da noite: as avelaíñas, as curuxas e os mouchos que ían cambiando de árbore en árbore na procura da súas vítimas, as ramas enleándose unhas con outras e o rañar dos nosos zocos contra os pedregullos daquela escarapelada estrada. 
Pasaban as horas, devorabamos os quilómetros, esculcabámonos na escuridade na procura dalgunha resposta á nosa crecente desesperación. 

        -  A este paso, xa logo chegamos á vila!. Haberá que avisar á Garda Civil.
        - Non desesperes, muller. Aínda ha de aparecer
  - Puido quedarse na casa da súa tía a   

         durmir - dixen eu - tentando botar un raio de esperanza naquelas almas en pena.

Cruzamos cunha moto. Era Asterio, o ferreiro de Roibás. Parou uns metros más adiante e tordeando volveu sobre o seus pasos ata atoparse connosco. 

             - Que facedes por aquí a estas horas?
- Nada, home, nada. A pícara, que se lle fixo de noite na vila e vén na bicicleta soa…
- Pois eu non vin a ninguén no camiño. Claro que eu, xa sabedes, só miro para adiante porque xa me chega dabondo con ver o camiño coa que levo…


Aquela resposta envolta nun noxento cheiro a viño déixonos aínda máis preocupados polos perigos que a noite agochaba con personaxes coma aquel borrachón que babexaba en troques de falar coma os homes. 
A lúa asomaba ás veces entre os nubeiros daquel verán, que se despedía paseniñamente, e debuxaba nas nosas esbrancuxadas facianas imaxes de medo e tristura. 

      - Uxía: é máis de medianoite e deixamos a casa soa. A nena quedouse na vila con  
       alguén. Mañá aparecerá pola mañá. Temos que volver.
  - Estás tolo coma ela!. Como imos deixala aquí no medio desta noite pecha vendo a xente que anda por estes camiños!.
  - Non sexas teimuda muller. Non hai máis que facer por hoxe. O neno ten frío e medo. As vacas están soas. O lume quedou aceso. A casa abandonada.
  - Si mamá. Volvamos para a casa. Se lle pasara algo xa nos terían avisado, razoei eu, morto de frío e medo.


Miña nai turrou e turrou para continuar coa busca. Papá, que tiña moi mal xenio, comezou a botar lume por aquela boca de tal xeito que collín medo e botei a correr diante deles ata que case tropezo co Avelino de Sinforosa, un veciño medio pailaroco que vivía preto do Igrexario. Saía detrás dunha sebe e pareceume que suaba e tremía batendo coma un tolo unha vella lata de conservas, daquelas redondas que, ás veces, tiñamos na casa para xantar con patacas cocidas. Os ollos saíanlle das cuncas e cantaruxaba unha cantiga que eu xa escoitara algunha vez aos máis vellos.

  -  Gazafello, gazafello, gazafello, ven ao rego!…

Axiña se achegaron meus pais ata aquel malpocado e paifoco veciño. 

  - Vaites, vaites, Avelino, meu santo, deixa xa de facer o papaleisón e volta para a casiña. 
Non ves que eses animais non existen?. Meu pobre!, dixo meu pai colléndoo polos ombreiros. 

  - Quen che puxo a buscar tal cousa, meu ben?, borboriñou miña nai.

A min, deume gañas de rir a esgalla, pero a tensión e o medo non me permitían mover os labios. Limiteime a contemplar a escena sen pestanexar e só se me ocorreu preguntarlle a aquel miñaxoia:

  - Viches polo monte á miña irmá Ledicia?. 
  - Non, non… repetía amedrentado.

Collemos a aquel infeliz da man e seguimos o noso camiño de volta á casa, coa cabeza posta na tarambaina da nosa familia. Ao pasar por diante da taberna de Sampaio, meu pai achegouse á porta para empurrar para dentro, con moi malas pulgas, ao Avelino, que foi recibido entre risadas e alegre rebumbio. 
Sen o máis mínimo comentario seguimos o noso camiño de volta. O coñecemento dos campóns que se debuxaban baixo a luz da lúa e o fumegar dalgunhas casas coñecidas espantaron o medo do meu esmagado corpiño. Porén, a fatiga e a humidade da noite espertaron a miña asma bronquial. Quería acelerar o paso pero atafegábame e as sombras de meus pais íanse borrando diante de min. Comecei a suar en frío, a cabeza estoupábame coa dor e decidín tirarme ao chan. De socato espertei alporizado coa voz e as risas de miña irmá 

  - Onde vas toliño?. Que fas no chan, Antón?


Outra vez!. Volvera a ocorrer. Aqueles programas de radio nocturnos volveran a producirme outro terrible pesadelo. Suando coma un cavador volvín para a miña cama, tapeime coas mantas e escondín a cabeza para non morrer de vergoña, diante da protagonista do meu desacougante soño.

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Texto: Emilio Castro Fustes
Debuxo: E.C.F.







venres, 28 de decembro de 2018

A mesa redonda sobre o Camiño dos Arrieiros, broche de ouro das I Xornadas de Terras do Ortegal


Bernardo Penabae, Vanesa Trevín e Xosé María López


A mesa redonda sobre o Camiño dos Arrieiros (entre As Pontes e Bares) celebrada o pasado xoves 27 de decembro no Teatro de Beneficencia foi o broche de ouro co que remataron as I Xornadas de Terras do Ortegal adicadas aos Camiños que pasan pola comarca. Anteriormente se celebraron sesións no Barqueiro, o pasado 21 de decembro, sobre o Camiño a Santo André de Teixido, e  no mesmo teatro o pasado 30 de novembro sobre o Camiño a Compostela pola Mariña e o Ortegal.

Mapa do Camiño dos Arrieiros.
Fonte: Liga Céltica galega
A presentación estivo coordinada polo profesor e investigador Bernardo Penabade, e na mesma participaron Vanesa Trevín, na súa condición de arqueóloga e investigadora sobre o camiño, así como Xosé María López Ferro, das Pontes, xestor cultural e investigador sobre esta ruta centenaria.

Moi interesante e excelente acollida de público a mesa redonda sobre o Camiño dos Arrieiros (As Pontes-Bares polo monte Caxado) celebrada onte, 27.12 no teatro de Beneficencia de Ortigueira baixo a organización de Terras do Ortegal. Trala presentación do prof. Bernardo Penabade, a arqueóloga.

Trala presentación sempre amable, pero rigurosa, o profesor Penabade deu paso a Vanesa Trevín, que fixo un repaso pola características arqueolóxicas desta ruta, marcada por unha abundancia de restos megalíticos moi notable, salientando que foi Federico Maciñeira, o noso insigne historiador, o primeiro en catalogar a abundantísima riqueza arqueolóxica da zona.En canto a datos máis recentes, fixou como documento imprescindible a análise realizada polo profesor Carlos Otero Vilariño, da universidade de Santiago.
O auditorio do Teatro de Beneficencia cunha boa entrada de público
Xosé María López, pola súa parte, fixo unha exposición centrada na forma de reactivar esta ruta, e de poñela en valor; resumiu con acerto as normas que a nivel internacional hai para o recoñecemento destes camiños, e deu conta da súa experiencia en diversas plataformas (Canto Máis?, Hume, ...) en recuperar este camiño. Foi a súa unha disertación con abundantes imaxes fotográficas, e a entrega aos asistentes de dúas publicacións sobre o Camiño dos Arrieiros: unha Guía Didáctica, e un Guieiro, un tríptico elaborado pola Liga Céltica Galega, no que se describen as diferentes etapas do camiño, que entre Bares e As Pontes acada unha lonxitude de case 50 km.
Para rematar, Xosé María lanzou a proposta da conformación dunha plataforma conxunta entre representantes dos tres concellos polos que atravesa o camiño, isto é, As Pontes, Ortigueira e Mañón, con colectivos interesados polo patrimonio dos tres concellos e outras entidades, de cara a elaborar un proxecto conxunto de recuperación da ruta. A sesión rematou cun animado debate.

Pola nosa parte, agradecer a todos os reñatores e público asistente ás tres sesións o noso agradecemento, e tamén indicar que estas I Xornadas de Terras do Ortegal contaron cunha subvención da deputación da Coruña, o apoio dos concellos de Mañón e Ortigueira e a colaboración da asociación Nordés. Vaia o noso recoñecento a todos eles.