venres, 8 de febreiro de 2019

ORTIGUEIRA, ARANJUEZ Y J. LUIS SAMPEDRO





Se dice que la sensibilidad, en cotas en las que asoma el vértigo, puede llegar a embobar o alelar a la persona que la disfruta, incluso puede afectar, de forma temporal, claro, al raciocinio, y como apoyo a esa posibilidad podemos afirmar que todos hemos tenido nuestro pequeño momento sensible que nos clarifica con vehemencia el tan conocido Síndrome de Sthendal, situaciones que, una vez de regreso a la vida, no dudaríamos en repetir; por esta razón, cierta envidia nos invade hacia la persona que es capaz de saborear esa épica con mayor frecuencia, gente que disfruta de una piel y una mirada repletas de sensores que alertan de proximidades insospechadas, ajenas para el resto de mortales, pero para ellos llenas de sorprendente riqueza.
Una de esas personas agraciadas con ese don, aliñado y enriquecido, en este caso, con dosis generosas de observación aún infantil, de conversación gratificante, de humanidad aplicada a lo cotidiano, de simpleza vital y de compromiso efectivo y claro, sin ambages, con todos sus quehaceres es José Luis Sampedro; hablo en presente porque nos ha abandonado físicamente, pero su trabajo, su pensamiento y su narrativa está con nosotros, con ellos podemos seguir disfrutando de la ejercitada sabiduría de Sampedro en aquellas ocasiones, no pocas, en las que necesitamos de ella.
Cuando, en una de sus últimas entrevistas, le pidieron que hiciera una reflexión sobre la situación actual, su respuesta inmediata fue: esta crisis es una barbarie; o sea, sin necesidad de acudir a otras divagaciones con términos técnicos que tan solo consiguen endiosar a aquellos especialistas que hacen uso de ellos, ¿qué mejor manera de humanizar la Economía? En otra entrevista, en la que le pidieron que definiese al economista, la respuesta nos da la mejor idea de su calidad como persona y como humanista: algunos entienden la economía como el arte de hacer más ricos a los que ya lo son, otros como el medio para intentar hacer menos pobres a los necesitados.
Estos ejemplos nos confirman que Sampedro era, ante todo, un humanista comprometido, y esto no se puede llevar a la práctica sin altas dosis de observación y sensibilidad. Esta virtud, que le salía por los poros, tuvimos la oportunidad de disfrutarla en directo cuando nos visitó como ponente en la Universidad Popular en el verano de 1990. La impresión que le causó nuestra tierra y sus gentes fue tal que necesitaba de una cura que le aliviara de dichos efectos y, como buen escritor, la mejor medicina la encontró vertiendo sus observaciones en una de sus novelas, Real Sitio (1993), que junto a La sonrisa etrusca (1985) pasan por ser sus mejores obras de narrativa. En Real Sitio, además, Ortigueira puede presumir de compartir escenario con Aranjuez, de la que siempre dijo que había sido la ciudad en la que nació su amor por la literatura.
En la novela, a uno de sus principales personajes, Don Alonso Vázquez de Andrade, aposentador del rey Carlos IV, lo hace nacer en Ortigueira, al igual que a su ayudante Roque, incluso consideró necesario recurrir a un personaje, Lucas, un buen relojero nacido en Ladrido que, como no podía ser de otra manera, había aprendido el oficio con nuestro conocido paisano Xavier Méndez Neira, el cura relojero de dicha parroquia ortegana.

En una conversación, quizás anecdótica e intrascendente para el común de los mortales, en la cual se habló del naranjo impúdico del Pazo de Brandaliz, Sampedro no dudó en recoger el testigo y trasplantar dicho naranjo a los Jardines del Palacio del Real Sitio, donde el jardinero real también tuvo sus más y sus menos con las autoridades eclesiásticas de la época.
Es interesante, también, recrearnos con las continuas alusiones a nuestros paisajes, los cuales impregnaron para siempre sus pupilas. En la novela aparece un cuadro, motivo sobre el que cavilará a lo largo de la novela la otra protagonista, Marta (¿casual el nombre?), que resulta ser un retrato de Don Alonso asomado a una ventana mirando al mar, y en el cristal de la ventana un blasón:
tres agudos picachos negros sobre las aguas y en sus cimas sendas ramitas con hojas verdes. Don Alonso, a los sesenta años, quiere regresar a su tierra a vivir donde la verdad no cambia, la mar de Ortegal; y así define, también Don Alonso, aquellas bellezas más amadas: la ría, con su dulce colmarse y vaciarse según la marea, como un latido cotidiano de la mar; la braveza de los farallones del ortegal, el ímpetu del viento, el vuelo de las gaviotas sobre la verdura de los prados… En 1808, año de la guerra con los franceses, Don Alonso ya está retirado en Ortigueira donde la ría semeja un lago de montañas entre alturas cubiertas de robles y castaños y en la orilla opuesta, el apretado casería de Santa Marta despliega sus viviendas de piedra con oscuros tejados de pizarra.Dice nuestro protagonista: me he salvado de aquel mundo, vivo en otro, esta paz, esta armonía, nosotros sobre la tierra con la mar y el cielo, tanta hermosura alrededor… A su hija, como no, le puso por nombre Marta y, como colofón, en el último párrafo, también nos utiliza y, así, su mujer comenta, pensando en su marido: … no hay que cruzar el Océano, aquí empieza un mundo nuevo, hecho para hombres como tú, para hombres de mar y amor.
Esta novela, según sus palabras, necesitó de cincuenta años desde que inició sus bosquejos hasta que se publicó en 1993, es, por lo tanto, doblemente gratificante para los ortigueireses que tan sólo cinco días que pasó entre nosotros, en 1990, a falta de tres años para su publicación, le fueran suficientes para decidirse a incluir personajes, cambiar párrafos, diseñar tramas, e incluso añadir un final que nos enorgullece. Para llevar a cabo esta labor Sampedro contó, y así lo hizo saber y agradecer, en más de una ocasión, con la inestimable ayuda de Obdulia Dopico, Maricruz Sabio y, sobre todo, Charo Suárez, con la cual mantuvo correspondencia de cara a llevar a buen fin su trabajo, siempre meticuloso y documentado.
Todo esto no hizo más que nacer en mí una deuda que todos los ortigueireses teníamos con el escritor, y la oportunidad se saldarla surgió cuando la “Asociación de amigos de José Luis Sampedro”, de la cual soy componente, organizó una visita al Real Sitio de la novela, al Aranjuez de la época. El pasado 24 de noviembre, este grupo de amigos, con la impagable compañía de la que fuera su mujer, Olga Lucas, realizamos un inolvidable recorrido que dio comienzo en los jardines y alrededores del Palacio, donde revivimos el Aranjuez de 1808, para después adentrarnos en las calles del Aranjuez prerepublicano de 1931.

En numerosas ocasiones he visitado Aranjuez a raíz de mi época estudiantil en Madrid, pero poder ver a esta ciudad con los ojos de Sampedro, dotarlo de la magia que solo él supo crear a través de sus “círculos del tiempo” es aproximarse, sin conseguir, claro, su perfección, al inalcanzable mundo sensorial que el intentó transmitirnos. Así fue como en una mañana otoñal y soleada, allí donde para el más común de los humanos existía un jardín dieciochesco, sin más, nosotros pudimos ir más allá y apreciar como “el sol se filtra entre las hojas y proyecta sobre la tierra movedizas manchas de luz”; y aunque la primavera quedaba ya lejana, nos ha sido fácil imaginar como “las primeras flores de los magnolios apuntan su delicada blancura entre las charoladas hojas verdes con envés tostado”; las calles de Aranjuez estaban transitadas por “calesas, tartanas, birlochos y góndolas”, y los viandantes se enfundaban en “miriñaques y levitas”, así como eran portadores de “las imprescindibles pelucas y los comunicativos abanicos”; incluso en el histórico Restaurante Rana Verde, flanqueando el Puente de Barcas, los restos de una simple naranjada se tornan, en el ocaso, un bello topacio”; tan solo nos faltó escuchar el habla de los gancheros dando las órdenes oportunas para domesticar a los troncos en su viaje a lo largo del Tajo, pero desde el parterre, tan utilizado en la novela, pudimos observar cómo eran capaces de“entarimar” el río a la altura de la presa allí existente.
Con esta visita al lugar donde Sampedro nació a la adolescencia y como escritor, y con estas letras, intento agradecer, que no pagar, el cariño que él supo demostrarnos; la mejor evidencia de esto último la tenemos en la respuesta que le dio a un periodista al preguntarle qué opinaba de la muerte, pues cuando uno se supone que se sobrecoge ante lo desconocido y le deben de venir a la mente las ideas y reflexiones que más le impactaron, Sampedro responde, sin dudarlo: “debe de ser como un río cuando se acerca lenta y mansamente al mar, y me estoy acordando de Santa Marta de Ortigueira.”
Sería interminable todo lo que se podría decir de un hombre que, cuando adivinó su inmediato final, le pidió a su mujer un Campari y, después de tomárselo se limitó a decir: muchas gracias a todos para, segundos después, cerrar los ojos para siempre. Se fue, por lo tanto, plácidamente, pero también apesadumbrado por no haber podido hacer algo más por esta barbarie en la que estamos instalados como consecuencia de una economía mal entendida, donde el consumo como la única razón de vivir y el lucro, consiguen hacer más profundas e insalvables las zanjas que separan las diferencias sociales; pero los ortigueireses, sin duda, podemos agradecerle que halla situado en el mapa a nuestra tierra de la cual se enamoró y, según sus propias palabras, si no fuera por amor, ¿cómo podría existir nada?.
-----------

Texto: José Manuel Bouzamayor

Ningún comentario:

Publicar un comentario